“Quiero ver a Antón Lamazares –como a todo verdadero pintor– inaugurando minuto a minuto, día a día, pincelada a pincelada, su desbordado caudal de saberes […] Ese delirio, esa inteligencia, ese dibujo, esa fuerza, ese tejido pictórico, ese viento, esa forma de ser, todo lo que ves y sientes no se simula.”

“El ojo románico, el ojo bizantino, el ojo galaico, todos los ojos del mundo a través del ojo de Antón Lamazares, que no es que trate de sorprender tu aparente ser apenas –eso es lo de menos; eso es lo de más sólo para ti–, sino, tal vez, el espacio nuclear de la pintura.”

Miguel Logroño, Eso no se simula, 1983, y Todos los ojos del mundo, 1984

 

“Antón se va a la calle a buscar cosas, esas cosas familiares e insólitas que ruedan por la esquina del suceso diario con toda la emoción, el fervor y el temor de lo que fueron. Vuelve luego a la soledad del estudio: vacía sus bolsillos y comienza a ordenar las cosas halladas, de acuerdo con su naturaleza, sus fervores y temores. ¡Todo un moroso y amoroso análisis del que saldrán historias y leyendas (de la farándula, del santoral… o del susto infantil ante la vidriera quebrada por el rayo)! Y es entonces cuando su mano se entrega al primor de colorear (como pocos lo hicieron) las cosas y familias de cosas descubiertas en y desde su propio reclamo, convirtiendo las realidades inmediatas –que es la misión propia del arte – en mitos reveladores.”

“El mito propuesto y plasmado por Antón Lamazares en la equidistancia del crepúsculo no trata de trascender la frontera de otro mundo, sino de entrever y revelar un sentido profundo en la infinitud de éste de aquí. Como verdadero artista que es, Lamazares se convierte en testigo de la dimensión del infinito. Sólo los grandes artistas han sabido evocarla y transformarla en mito.”

Santiago Amón, Fervores, temores y primores de Antón Lamazares, 1984, y La pintura de Lamazares y la luz crepuscular, 1986

 

“Sutil colusión entre retablo sacro, ventanal imaginario y rotundo mural escultórico, la obra de Lamazares surge como excrecencia comunicativa tamizada a través del severo cedazo de la exigencia inteligente y del tupido filtro de la sobriedad expresiva. Sus contundentes y grandes formatos son concreciones de un deseoso amor por la materia y de una solitaria ambición por intervenir en aquélla, escogiéndola y escuchándola, que consiguen hacer fluir en alianza indisociable lo evidente y lo hermético, de modo que la memoria poética interior y sin tiempo viene a configurarse en objeto y en imagen.”

Gloria Moure, Antón Lamazares, 1987

 

“...progresiva derivación de Lamazares hacia un concepto de la pintura más solemne, monumental, casi épico. No es esto sólo una cuestión de ampliación descomunal de los formatos, ni aún siquiera cuando, como ya he señalado antes, se está produciendo un gigantismo brutalista intencionado en la fabricación de los bastidores, cuyo trabamiento de vigas gruesas y bastas hace pensar en los maderos de una cruz, con todo lo que semejante impresión comporta […] La musa en cueros, el corazón en la mano y la más violenta resolución, de lo que estoy plenamente convencido es que Lamazares tampoco aquí se quedará a medias. Es alguien que se busca a sí mismo, vivo o muerto: nunca ha tenido tan alto precio su cabeza.”

Francisco Calvo Serraller, La musa en cueros, 1987

 

“La exclamación, la sorpresa, el humor o el espanto. La interrogación o el misterio, en forma de desafío o melancolía. Antón Lamazares ha pintado una leyenda con este alfabeto emocional [...] Él nunca fue una joven promesa. Lo recuerdo con sus primeros cuadros, en una antigua caballeriza de Compostela, y esas pinturas ya pertenecían a otro orden. Eran muescas, grafitos, amuletos, bestiarios, tatuajes, criptogramas, imaginería que anunciaba la construcción de una leyenda. Antón Lamazares era una criatura de esa propia leyenda. Había sido soñado como pintor.”

Manuel Rivas, La leyenda de Antón Lamazares, 1995

 

“Joy, more tragic than melodramatic, is the recognition faced with this mockery, of these convulsive moments of beings that are passion and intensity, surface, these unspeakable greens of rain that contain spaces of unknown freedoms. These times rain throughout all Antón Lamazares' oeuvre. His ochre, yellow, red, brown and black paintings, his older characteristic and singular tones: they portended the necessity, forebode this rain, made it possible. Green appears not as a mere colour, but rather as a mode of doing, a mode of being; green that is not a simple seeing, green that is more than seeing. Precisely that which is granted by a knowledge and an exercise that present the supposedly near and never seen. Green as a place for passing through, not a place of residence. Green passes, green rains. It could happen again and its effects will be unpredictable. Not as a loss but rather as a misplacing, that of making life rain.”

Ángel Gabilondo, Green Rains, 1997

 

“Se ha relacionado su obra con Jean Dubuffet, Gaston Chaissac y su idea de lo brut, de lo espontáneo, pero en realidad su búsqueda es siempre la de esa belleza humilde, siempre amenazada por los grandes vendavales de la verdad y las preceptivas.”

Gustavo Martín Garzo, Jonás y la calabacera, 2000

 

“Lamazares es un medieval por el diálogo constante que mantiene con la pintura religiosa, recreada una y otra vez en su pintura. Pero también por el modo en que ella da cauce a su propia intimidad: no hay distancia ni recubrimiento. Al contrario, desnudez de la experiencia. Se trata de ir a uno mismo, y eso es lo que revela el gesto: nuestro jardín interior.”

José Jiménez, Un medieval en la ciudad, 2000

 

“Cuando presentó su serie de las puertas barnizadas, en las que aparecen, a veces, sentencias que tienen algo de ciframiento pero también bastante de diversión, pareció que el pintor se había vuelto majareta. Sin embargo, esos cuadros son, en mi opinión, una de las series más potentes de cuantas se han pintado en las últimas tres décadas.”

Fernando Castro Flórez, Fragmentos de un texto que no pude escribir, 2001

 

“Qué difícil tender al sol, como una sábana limpia, lo que está en la entraña. Qué luminosa y casi milagrosa operación la de traer al cuadro lo que está desde la infancia perforando la retina.”

Luisa Castro, Alma en lunes o la noche de las estrellas que brillan poco, 2002

 

“...Se un sol negro nos ollos se nos pon á tardiña
cando no espello foxe o lobo azul das horas,
Lamazares pintando toca a nudez da cinza,
un volume que treme no devalar da vida,
unha dura esperanza de sementes antigas
e un acio de recordos destilando nos meses
as cores da soidade, as texturas do frío,
un saco de pan duro no corazón do inverno
e hoxe a luz deste oficio para sempre ferido
pola terra madura, polo pálpito escuro
da beleza.”

Miguel Anxo Fernán Vello, Lamazares, 2004

 

“Me hubiera comprado un cuchillo de Lamazares. Menos mal que ya estaba vendido a las dos horas de abrirse la feria, me hubiera arruinado por una larga temporada. Soy un clásico, todavía me fijo en la pintura, en la escultura y en la fotografía.”

Javier Rioyo, Menos Platón, más Arco, 2007

 

“Antón Lamazares ha manifestado siempre una querencia brutalista por la materia y el gesto, voy a decirlo así, “inocentes”, que no es exactamente lo mismo que “espontáneos”. Lamazares es, no hay que olvidarlo, un artista mental y técnicamente muy complejo. Puede, por ejemplo, usar como soporte un vulgar cartón, pero, en sus manos, bien prensado y barnizado, cobra el lustre de una madera enlucida. Sus “garabatos”, que mimetizan el desaliño infantil o el rudimentario esquematismo de los de los artistas autodidactas, están impregnados, sea cual sea el motivo figurativo, de sutiles refinamientos.”

Francisco Calvo Serraller, Casa de la Pintura, 2007

 

“...En los nudos de la madera escarbo, en pos de una remota gota de agua, y allí, en el verde oscuro me sumerjo.
Me desnudo como a quien su traje le sobra, para convertirme en el temblor de una tierna rama, por la brisa agitada.
En la oscuridad del verdor voy palpando mi camino.
Nada hay aquí sino una selva en sus secretos vericuetos habitada, como en las sinuosas curvas de sus significados, que a lo desconocido conducen.
¡Madera!¡Sé mi guía!...”

Taher Riad, Los cantos de Lamazares, 2008

 

“Label him a regional artist if you want, but Anton Lamazares paints his native Galicia –the lush, mountainous area of Northwest Spain– like a man who adores the world. Combining the simple forms and materials of Art Brut with beautifully nuanced palettes, Lamazares makes rustic, semi-abstract images of nature, spiritualism, and sex. In a series titled Bes de Santa Baia, for example, he has laid down gorgeous shades of green on thin sheets of corrugated cardboard, which he's nailed to frames of wood planks. Patchworks of coarsely outlined squares suggest aerial views of fields while evanescing streaks create the flow of rivers; the rippled surfaces, perforated throughout, resemble the texture of soil or water. In another sequence, Sueño e Colorado, devilish but enigmatic acts, rendered in childlike drawings, emerge as vague memories from backgrounds of deep, ominous red.”

Robert Shuster, The Village Voice, 2009

 

“Anton’s visual poetry is grounded in a solidity you could barely scratch with an ax –the sheen of hardwood, pulsing with sentiment yet resisting romance or sentimentality. In a Lamazares painting, there are no political rants, rose-bleached mountains, robust peasants nor, thank god, angst. There is no dichotomy of good or evil. Indeed, no singular meaning of shapes or objects; no literal truth. Rather, there is life pouring, bubbling, bursting in a primal and tactile form. Antón elevates and demystifies; glorifies yet strips down the truth to an un-idealized essence.”

Michael Sandoval, The Vagabond Shaman, 2009

 

“Usa como soporte el cartón, pero no sin haber hallado, en esta ocasión, uno de grueso y esponjoso espesor, lo que le permite un acerado trazo en el dibujo, no exento de dramática fragilidad, que él acentúa horadándolo con un fino punzón. Por otra parte, lo pigmenta con una fina capa de óleo, que luego barniza, logrando con ello una brillante transparencia del color, un efecto paradójico de vulnerabilidad esmaltada, donde lo orgánico y lo cristalino, material y simbólicamente contrapuestos, se concilian. Por último, se aprecia que su temática figurativa se ha simplificado al extremo, en este caso, repitiendo un mismo esquema de la silueta de una casa que se estampa, cual fortaleza, en el paisaje como un sello patético de la identidad humana en demanda de refugio. Con una genealogía artística, en la que se adivinan huellas de, entre otros, Klee, Dubuffet, Fontana o Tàpies, Lamazares ha trascendido no sólo estas influencias, sino incluso la de sus comienzos artísticos, marcados por una ironía y una compasión demasiado explícitas. En este sentido, su obra se ha hecho, simultáneamente, más ligera y más profunda; menos sentimental y más emocionante. Quizás, porque Lamazares ha dado el gran salto del humor a la melancolía”.

Francisco Calvo Serraller, Los hijos del limo, 2010

 

“Por eso, cuando la pintura vive sus momentos más bajos entre las nuevas generaciones de artistas, acercarse a la obra de Antón Lamazares resulta reconfortante. Y lo recomiendo desde ya. En él hay un clásico, un primitivo, pero no un antiguo. Como siempre, como debió ser desde el principio de los tiempos, la clave está en la esencia. Aunque suene redundante y hasta obvio, despojarse de todo el equipaje, de todo lo superficial y lo accesorio”.

Laura Revuelta, Saco de patatas, 2011


“Y eso es lo que hay, una silla con respaldo en los prados verdes. Y las suelas de la soledad del cielo. Los durmientes extraviados entre las casas verdes de los que hacen el amor con los dedos cruzados para que no descarrilen los trenes. Un tiempo para lo que se asoma de día y otro tiempo para el verde de lo que seguramente existe de noche. Un tiempo para los amantes clandestinos que testifican ante los cerezos y otro tiempo para los últimos clientes de la cantina del búho. Perseguidos por la belleza griega de la muerte los boxeadores no van a ninguna parte, se apaga el neón y miran nevar las grandes letras doradas de los campeones. Con gabardina, sin una nube sobre Maceira de Lalín, pisando fuerte, feroz, delicadamente trastornados, parecen seres destinados a sostener con los brazos de la imaginación toda la intemperie del mundo. Este mundo condecorado por las estrellas y el brezo. Otro mundo donde mandan los que escriben su nombre en los retretes de los bares y los museos de Nueva York. Digo yo que Antón pinta como si soñáramos. Menudos son los boxeadores”.

Juan Carlos Mestre, Antón Lamazares: la delicadeza del boxeador, 2012

 

“Los impactos que rompen el cartón en las piezas de Lamazares se me presentan no sólo en términos táctiles, sino auditivos, como golpes de timbal o quizá de gong. En todo caso, la pintura funciona como un peculiar instrumento de percusión. He leído varias entrevistas donde Lamazares niega que su pintura pueda llamarse narrativa. Pero quizá podría hablarse al menos de un relato mínimo que consiste en cierto ritmo. El ritmo de nuestras pisadas sobre la tierra. Ese ritmo puede ser como las letanías de la liturgia, de la oración, esas fórmulas repetidas que serenan la mente y la concentran. Cada uno de los golpes, de los brutales agujeros que rompen la superficie pictórica, puede convertirse en un hueco místico, un mandala para meditar.
La pintura, igual que el camino, es interminable; pero cada pintura concluye ahí, en el borde del cartón, igual que la vida termina cada noche y espera volver a empezar al día siguiente. Cada pintura, cada jornada, tiene su color y su textura. Y nada sabemos de lo que vendrá después, de lo que aguarda tras la próxima vuelta del camino. Seguimos caminando a ciegas, sintiendo sólo nuestras pisadas sobre el suelo mojado”.

Guillermo Solana, Pisadas bajo la lluvia, 2014

 

Das grossformatige, in allen möglichen Ockertönen schimmernde Bild «+ Dos farrapos» von Antón Lamazares ist ebenfalls aus «armen» Materialien hergestellt, sieht aber aus wie eine noble, im Abendlicht glänzende Keramikwand. Im Geist der Franziskaner, die ihn erzogen, arbeitet der Galicier Lamazares an der Veredlung des Unspektakulären. Sein Bild bezieht sich auf das «Kreuz der Lumpen» auf den Dächern der Kathedrale von Santiago, das ein Becken krönt, in dem die mittelalterlichen Pilger ihre stinkenden, zerschlissenen Gewänder verbrannt haben sollen. In der Nähe von Kleins «Monogold» und der goldenen Wand von Kounellis (etwas allzu bekannter und in dieser Ausstellung sonst nicht zwingender) Installation «Tragedia civile» gewinnt diese Evokation eines Läuterungsrituals noch an Glanz.

Caroline Kesser, Neue Zürcher Zeitung, 2014


 

 

 
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